En
otros tiempos, la abundancia de ganado vacuno propició la proliferación de
cencerros, pequeñas campanas hechas con chapas de hierro que se colocan
alrededor del cuello de las vacas, ovejas, cabras o caballos y que servían para
identificar a los grupos de ganado y facilitar la labor de búsqueda cuando
algún animal se perdía.
El
proceso de fabricación, totalmente artesanal, consistía en cortar un trozo de
chapa utilizando una cizalla, practicando en el centro un agujero para el paso de la hembrilla
(anilla para colgar el badajo). Una vez moldeada la pieza se ‘embarra’, es
decir, se envuelve con una mezcla de paja y barro y posteriormente se introduce
en el horno de carbón donde permanecerá más o menos tiempo en función del
tamaño, adquiriendo de este modo el temple que les da el color cobrizo y la
sonoridad musical que les caracteriza. Una vez sacado del horno, se le aplica
una serie de golpes en lugares estratégicos para que suene más grave o más
agudo.
Pero
también se utilizan los cencerros en las vestimentas que en algunos pueblos
lucen en los Carnavales o para gastar pesadas bromas como en la cencerrada de
la noche de bodas de los novios que siendo viudos volvían a contraer
matrimonio. El refranero también se ocupa del cencerro: “Buey sin cencerro,
piérdese presto” y…adivina adivinanza: va al monte y no come, va al río y no
bebe y con solo dar voces se mantiene ¿Qué es?
En
la sala de agricultura del Museo Etnográfico el Caserón puede contemplarse una
curiosa colección de cencerros, esquilas y campanillas.
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